El tatuador quilmeño Iván Grasso, reconocido en el ambiente como “El Iván de Quilmes”, avanzó con una demanda formal contra el trapero Duki al asegurar que uno de sus diseños —las alas que le tatuó al artista— fue utilizado en merchandising oficial y en colaboraciones con marcas como Adidas, New Era y Netflix sin reconocimiento ni compensación económica.
Según explicó el propio Grasso en sus redes sociales, la situación lleva tiempo sin resolverse pese a reiterados intentos de llegar a un acuerdo. “Hace bastante tiempo me vienen diciendo que me van a reconocer y pagar lo que me corresponde por mi arte, pero pareciera que si uno no pone abogados en el medio, nadie escucha”, expresó en un descargo público. Allí también remarcó que su reclamo no es únicamente económico, sino también por el uso indebido de su obra sin autorización ni licencia.
El conflicto escaló luego de que el tatuador difundiera conversaciones privadas con el cantante, en las que —según sostuvo— Duki reconoce la situación y admite un error, asegurando que su equipo iba a contactarlo para regularizar el uso del diseño. Sin embargo, ante la falta de avances concretos, Grasso decidió avanzar por la vía judicial.
La denuncia por “daños y perjuicios” es impulsada junto al estudio Franco Trigo Abogados. Desde ese espacio, el abogado del tatuador explicó en declaraciones a Infobae que el eje del reclamo radica en la explotación comercial de una obra artística sin autorización de su creador. “Se está utilizando un diseño, abstraído del tatuaje, y colocándolo en merchandising. Esa utilización y explotación sin contar con la autorización de su autor vulnera derechos que son exclusivos del creador, salvo que exista una cesión, lo cual en este caso no ocurrió”, detalló.
En contraposición, durante la misma cobertura periodística, la periodista María Eugenia Duffard planteó una mirada distinta sobre el conflicto, al señalar que el valor comercial del diseño estaría ligado principalmente a la figura pública del artista que lo porta. “Las alitas valen en tanto y en cuanto son del Duki. Si yo le pongo las alitas a un vaso y las vendo, no valen nada. El valor lo da la asociación con la persona”, sostuvo.
Más allá de la disputa legal, el caso abre un debate sobre los límites entre el arte corporal, la autoría intelectual y su explotación comercial en la industria del entretenimiento. Iván Grasso, con trayectoria en el sur del Conurbano, ha tatuado a diversas figuras del ambiente como Cande Tinelli, Khea y Cazzu, consolidándose como un referente en su rubro.
Mientras la causa avanza en la Justicia, el desenlace podría sentar un precedente relevante sobre los derechos de los tatuadores en relación al uso comercial de sus obras en figuras públicas.