Hay personas para las que el barrio es solo un punto de partida. Para otras, es una brújula eterna. Germán Bertasio —nacido el 5 de octubre de 1979 en Quilmes— pertenece a esta última categoría. Creció entre San Francisco Solano y el barrio cervecero, en una familia trabajadora de clase media, donde el techo de la casa era un mirador improvisado. Desde allí miraba la chimenea de la Cervecería con unos binoculares y, sin saberlo, ya estaba aprendiendo a observar el mundo.
La adolescencia lo encontró con dos descubrimientos que le cambiarían la vida: el skateboarding y el arte. A los 10 años, una maestra le explicó qué era la poesía, y él escribió su primer poema. Poco después, el vecino bohemio del barrio lo introdujo en la música, y eso lo deslumbró.
Y entonces llegó otro momento fundacional: en la verdulería del barrio vio al icónico periodista Fabián Polosecki entrevistando al verdulero. Ese encuentro accidental le despertó su curiosidad por el mundo audiovisual. Su hermana se compró una filmadora casera y Germán hizo lo que hace un soñador cuando logra un instrumento nuevo: comenzó a practicar, en su caso filmando a sus amigos patinando. Un nuevo lenguaje nacía sin que él lo supiera.
La música llegó en paralelo. Las primeras canciones con Mint (1998–2002), una banda de amigos quilmeños; luego ya en Capital Federal con Sherman & Los Crocantes (2003-2010) y más tarde con su proyecto de folk solista Sherman Canción (20011-2016), para finalmente cerrar su etapa musical con la banda de pop La Pandilla del Verano (2013-2016). Entre tanto, estudiaba producción audiovisual en Palermo, trabajaba en canales de televisión desde los 20 años, y viajaba cargado todos sus sueños juveniles.
En 2014 llegó otro capítulo inevitable: Gravedad Zero, el programa que veía de chico y en el que terminaría trabajando. Viajes por el mundo, documentales y premios. Pero también lo seguía acompañando la poesía: después de años de fanzines, en 2018 editó El amor desaparece cuando uno olvida los lunares del otro. En 2020 se mudó a Barcelona, siguió patinando, escribiendo y filmando. Y en 2025 publicó su segundo libro: Ser romántico trae problemas de tristeza futura, mientras llevaba adelante su propia productora, Amable Films.
Hoy, a más de 25 años de su primer rodaje y casi 35 de su primer verso, Germán sigue siendo el mismo chico del barrio: creativo, inquieto, soñador, sensible, nómada. Y, sobre todo, alguien que —como él mismo dice— “no sabe trabajar de algo que no lo haga feliz”. Esta es su historia contada desde la raíz cervecera.
- Naciste en 1979 en Quilmes. ¿Qué imágenes de esos primeros años te vienen a la memoria cuando pensás en tu infancia?
- Las veredas del barrio, estar horas y horas en la calle jugando con mis amigos, la pileta del parque cervecero en los veranos y el olor a cebada de la cervecería en el aire.
- Aprendiste a andar en bicicleta y a patinar en Solano a los seis años. ¿Qué despertó en vos esa libertad del movimiento?
- Fue el año del Mundial de México 86, cuando Argentina salió campeón; por lo tanto, tengo también muchísimos recuerdos de eso. Pero en casa encontré una patineta que era de mi hermana y supongo que la sensación de deslizarme me atrapó. Fue un mix de fútbol y patineta.
- ¿Cómo era crecer en el barrio cervecero en una familia trabajadora? ¿Qué cosas sentís que te formaron allí?
- En casa todos estaban muy ocupados: mi madre trabajando en su peluquería, mi padre en su negocio de Berazategui, mi hermana adolescente con sus amigas, etc. Yo pasaba mucho tiempo en la calle solo, siendo un niño. Entonces comencé a juntarme con chicos un poco más grandes y recuerdo tener mucha libertad y, a la vez, me aburría fácilmente. Supongo que eso favoreció mucho a mi imaginación.
- En la primaria, a los 10 años, una maestra te explicó qué era una poesía. ¿Recordás esa primera aproximación a la escritura? ¿Qué te provocó?
- Hice la primaria en la Escuela N.º 30 del barrio cervecero. Nunca fui un alumno destacado y me costaba mucho concentrarme, prestar atención. Recuerdo que me la pasaba mirando por la ventana. Hasta que un día una maestra explicó qué era una poesía, nos hizo hacer un trabajo sobre eso y yo escribí algo sobre las formas que hacían las nubes en el cielo. Seguí escribiendo e inventando canciones en mi mente porque no sabía tocar ningún instrumento. Lamentablemente, los cuadernos se pudrieron en el galpón de casa y fueron a parar a la basura.
- A los 12 llegó Fito, ese vecino bohemio que te abrió la puerta de la música. ¿Cómo fue ese descubrimiento?
- Fito Kabaluski. Escuchamos una guitarra eléctrica a todo volumen. Seguimos el sonido, tocamos timbre y apareció un melenudo, en cueros, con una guitarra Stratocaster celeste colgando del cuello. Nos invitó a pasar, tocó muchas canciones de Pink Floyd, hizo hamburguesas y miramos la película El mundo según Wayne. Quedé alucinado. Con Fito vivimos muchas aventuras; era una persona super interesante (para el barrio era “el loco” de la cuadra).
- Subirte al techo a mirar la chimenea de la Cervecería con binoculares, observar gatos, perros, vecinos… ¿Por qué creés que te atraía tanto observar? ¿Sentías que ahí había algo más que curiosidad infantil?
- Los binoculares me los había regalado mi padre y tenían mucho alcance, entonces dentro de casa era imposible usarlos. Subí al techo y era otro mundo. Me llamaba mucho la atención el movimiento de las copas de los árboles, el humo de la chimenea, la ropa colgada de los vecinos, todo lo que se movía: perros, gatos, pájaros. Me cambió la perspectiva. Cada vez que veo la escena de los alumnos en La sociedad de los poetas muertos donde se suben arriba de las mesas para ver las cosas desde otra perspectiva, me hace acordar al techo de mi casa.
- Ver a Fabián Polosecki entrevistando al verdulero del barrio fue un impacto estético y emocional. ¿Qué te quedó grabado de ese día?
- Fue increíble. Pero un día me mandaron a la verdulería y me encontré con mucha gente, cámaras, luces y alguien entrevistando al verdulero. Al regresar a casa le conté a mi hermana y, a los días, lo vimos en la tele. El programa se llamaba El Otro Lado y se pasaba, creo, por Canal 7. Yo comenzaba la secundaria ese año y lo veía cada semana, y cada entrevista me parecía un mundo loquísimo. Diez años después de eso, en 2003, fui coordinador del programa Ser Urbano, conducido por Gastón Pauls. En la primera reunión general explicaron que iba a ser algo así como el programa de Fabián Polosecki, y yo conté mi historia de la verdulería.
- Cuando tu hermana compró la filmadora hogareña, ¿qué sentiste la primera vez que grabaste a tus amigos patinando? ¿Fue intuición o revelación?
- Lo primero que hice fue subir al techo y grabar las cosas que años atrás me llamaban la atención, e incluso grabé caras de gente del barrio. Pero luego solo me dediqué a filmar a mis amigos patinando; ya eran finales de los 90. Un amigo tenía un lente ojo de pez que, como no encajaba la montura, pegaba con cinta de papel a la cámara Panasonic Hi-8.
- ¿Qué representaba el skate para vos en la adolescencia? ¿Era deporte, refugio, identidad, libertad?
- Era algo totalmente diferente a los deportes que había practicado, como el fútbol, básquet, handball. De camino a la vieja cancha de Quilmes, en la barrera de Guido y Amoedo, con mi amigo Fleco nos encontramos con que había una rampa de skate y nos acercamos a preguntar. Algunos de los que estaban en ese momento son los que hoy son los dueños de Eh? Park de Bernal. Compramos tablas y comenzamos a patinar, ya haciendo trucos. Quilmes es una de las ciudades más skaters del país, donde hay mucha tradición de skateboarding.
- Terminaste el Comercial 3 y elegiste estudiar producción audiovisual en Palermo. ¿Qué te llevó a tomar esa decisión?
- Recuerdo que en 5.º año se podía hacer el test vocacional, pero yo no lo hice. Desde hacía mucho ya sabía que quería trabajar en la televisión. No en cine ni en publicidad. A mí me interesaba la TV, ese mundo superpopular, ese aparato que estaba encendido en todas las casas a toda hora. En 2000 ya estabas trabajando en productoras y canales.
- ¿Cómo fue entrar al mundo profesional tan joven?
- Mientras estudiaba, preguntaron si alguien quería hacer una pasantía en Radio Nacional, y yo me ofrecí. Después vino la etapa de los reality shows, donde fui asistente de dirección de El Bar TV (2001), y bueno, comenzó a girar la rueda y no paré de ir de proyecto en proyecto: América TV, Canal 7, Canal 9, Telefe, Canal 13, Cuatro Cabezas, Ideas del Sur, Sony Entertainment, etc., trabajando con muchos personajes de la TV de aquel momento, como María Laura Santillán, Marcelo Tinelli, Gastón Pauls, Mariano Martínez, Gerardo Sofovich, Flavia Palmiero y mucha gente más durante 15 años; pero, sin dudas, el proyecto que recuerdo con más cariño es Ser Urbano, conducido por Gastón Pauls, producido por Ideas del Sur para Telefe (2003-2005).
- Entre 2003 y 2010 fuiste parte de Sherman & Los Crocantes. ¿Qué lugar ocupaba la banda en tu vida en esos años?
- Ahora a la distancia siento que ocupó más espacio del que debería haber ocupado (risas), es que eran los años donde más fuerte trabajaba en la televisión y a la vez fue la última década donde la tv reinó. Me hubiera gustado concentrarme más en el trabajo y menos en el hobbie de la música. De todas maneras me lo tomaba muy muy en serio. Hicimos varios discos y en algunos participaron artistas como Kevin Johansen, Boom Boom Kid, Leo García, Migue García, Toti Iglesias (Jovenes Pordioseros), Ariel Minimal, Sharly DDT. Fue una época muy nocturna y divertida. En Spotify hay un disco compilatorio que se llama “The worst of Sherman y Los Crocantes”
- Luego vinieron tus discos como Sherman Canción (2010–2016). Muy íntimos, muy personales. ¿Qué buscabas con ese proyecto?
- Esa fue una etapa más relajada porque era yo solo con mi guitarra haciendo folk. Me había ido a vivir un año a Villa La Angostura y ahí comencé a escribir cosas más sobre la naturaleza, el vegetarianismo, el amor a los animales, canciones con un mensaje más claro, y a la vez conectando con mi infancia. Me interesaba mucho que la gente se identificara con las letras, también hice varios discos que se pueden encontrar en las plataformas.
- Y tu último proyecto musical, La Pandilla del Verano (2013–2016), era totalmente distinto: alegre, pop, luminoso. ¿Qué etapa de tu vida refleja esa banda?
- Este último fue el más divertido, lo disfrutaba muchísimo, fue como el ocaso de mi juventud creo. Pese a que fue el proyecto musical más corto, fue el más intenso. Estaba en la cumbre de mi fascinación por la vida, el romance y todo lo vivía a full. Por más que era consciente de que estaba por cerrar una etapa importante de mi vida; el derrumbe de La Pandilla del Verano me dejó atrapado en depresión con ataques de pánico, terapia, medicaciones, se sumó la epilepsia; quedé con hastío del underground. Me alejé de todo y de todos por muchos años luchando con la tristeza y replanteandome la vida llegando ya a los 40 años, cosa que nunca había hecho antes. Debo admitir que me gusta bastante la idea de sentirme como un “artista extinto”.
- Llegaste a Gravedad Zero en 2014, un programa que veías de adolescente. ¿Qué sentiste al estar del otro lado de la cámara?
- Gravedad Zero llegó casi al mismo tiempo que estaba cerrando mi etapa musical. Fue un salvavidas, la verdad. Era lo único que me sacaba de casa. Pasé de estar siempre en Buenos Aires, encerrado en mi departamento de Palermo, a viajar sin parar por el mundo.
- ¿En qué momento comprendiste que lo tuyo no era solo filmar acción, sino contar historias humanas detrás de los deportes?
- Instintivamente me volqué a contar historias de vidas atravesadas por los deportes de acción. No me interesaba lo que pasaba con un profesional o en un evento, sino la gente normal aficionada al skate, surf, snowboard, BMX, etc. Quería que los contenidos fueran más cercanos a cualquier persona.
- ¿Alguna historia que hayas filmado marcó un antes y un después en tu forma de ver la vida?
- Ya son más de 10 años filmando para Gravedad Zero. Más de 500 videos en muchos países y con muchas personas que compartieron su tiempo e historia. Pero, si tengo que destacar una, es la de Freddy. Un niño colombiano que nació en un barrio pobre de Cartagena de Indias, sin piernas y con un solo brazo. Fue realmente emocionante.
- En 2018 publicaste tu primer poemario y en 2025 el segundo. ¿Qué te impulsa a escribir poesía aún hoy?
- El primer libro se llamó El amor desaparece cuando uno olvida los lunares del otro, que hice en Buenos Aires en 2018, y fue el cierre de toda aquella etapa de casi 20 años de hacer canciones en diferentes proyectos musicales y poemas en fanzines. Luego de eso me alejé por completo de la escritura. Ya no sentía nada, y si no siento realmente lo que hago no puedo hacerlo, es como los trabajos . yo no sé trabajar de algo que no me gusta, nunca lo hice, afortunadamente. Tampoco sé hacer por hacer; si hago es porque lo disfruto y, si no disfruto, me apago, me alejo.
Siempre fui una persona de convicciones, pero la diferencia entre tener ideas y realizarlas solo depende de uno. Pero cuando no sentís lo que estás haciendo es momento de decir adiós.
Luego de años de estar alejado de mucha gente, de no escuchar música, de no leer libros, de no escribir, de vivir en una ciudad ajena, en 2025 de a poco fui subiendo interruptores que había bajado a conciencia diez años atrás, todo esto acompañado de años de terapia. Como resultado, publiqué en Barcelona mi segundo libro, Ser romántico trae problemas de tristeza futura. Inevitablemente, por los títulos, ambos están interconectados y eso me alegra. Porque luego de “amigarme” con lo que fue el viejo Sherman, hoy, si bien no me considero una persona “romántica”, al menos estoy viviendo el futuro, atravesando y habitando la tristeza, una tristeza que va menguando con el tiempo.
- ¿Qué relación hay entre el Germán director de documentales y el Germán poeta? ¿Son la misma persona o dialogan desde lugares distintos?
- Sí, creo que están relacionados en todo momento. Cada paso que doy artísticamente se conecta porque antes estaba compartimentado entre el “Sherman músico” y el “Germán productor/realizador”. Hoy van de la mano. Estoy unificado y puedo entenderme mejor y tratar de tomarme las cosas de manera más apacible.
- ¿Qué significó mudarte a Barcelona en 2020? ¿Qué encontraste y qué dejaste?
- Me fui porque, como dije, ya no había nada en Bs. As. para mí. Los proyectos que siempre me animaban se habían esfumado, como muchas amistades, como así también el amor deseado, como las ganas de seguir empujando el río. Llegué a Barcelona y a las semanas comenzó la cuarentena. No era mi idea vivir aquí, pero naturalmente se dio quedarme y pude reinventarme en un nuevo entorno, con nuevas amistades, nuevo amor, nuevas calles. Pero el skate y la filmación se vinieron conmigo. Puse en marcha mi proyecto Amable Films y lo fui combinando con los trabajos de Gravedad Zero.
- ¿Seguiste patinando, filmando, observando, escribiendo? ¿Se vive distinto el arte lejos del barrio?
- Se vive distinto, pero por más que estés haciendo cosas que te gusten mucho, es difícil estar lejos de casa, de la familia, de los recuerdos, de los lugares que uno ama y de las personas que uno quiere. La opción de regresar siempre está, nunca la descarto. De todas maneras, trato de regresar una vez por año de visita.
- Decís una frase hermosa: “Yo no sé trabajar de algo que no me guste ni llevar adelante proyectos que no me hagan feliz.” ¿Qué implica vivir así en un mundo tan incierto?
- Implica llevar de aquí para allá tu ropa, tu patineta, tu cámara, tus libros, tu máquina de escribir, los fracasos, los errores y algunos aciertos; todo eso siendo consciente de que “nos vamos a morir mañana”, entonces no puedo estar perdiendo el tiempo haciendo cosas que no me gustan hacer. No quiere decir que aplique para todo el mundo, yo lo siento así. El año pasado viajé a muchos lugares que no conocía, me disloqué una rodilla patinando en skate, salté en paracaídas, me reencontré con alguien a quien le debía una profunda disculpa desde hace muchos años, hice un libro, y visité la tumba de Nick Drake para mi cumpleaños. ¿Soy feliz así? Supongo. sí, no, subo, bajo, da igual o no. es un misterio que sólo se develará una vez atravesada la línea de la vida. pero hasta ese momento tengo que decirles “te quiero” a las personas que quiero y disfrutar del día a día.
- Si tuvieras que darle un consejo al Germán de 10 años —el que escribió su primer poema—, ¿qué le dirías hoy?
- Que sea más cuidadoso con sus ilusiones, que no cargue tanto peso emocional.
- ¿Y qué le dirías a un pibe de Quilmes que quiere crear arte, viajar, filmar, escribir y vivir de eso? ¿Es posible?
- Le diría que es posible, pero a cada uno se nos da diferente por miles de motivos, con cada elección, pero que si no lo intenta no va a pasar. La diferencia entre hacer y no hacer es justamente esa: hacerlas o no hacerlas; luego, que resulten en mayor o menor medida. imposible saberlo.